Hubo un
tiempo en el que
la vida era más sencilla y transparente y los días
estaban tan repletos que apenas teníamos
tiempo para pensar en nada más que no
fuese vivir. No había lugar para las dudas
o para las inseguridades. Simplemente pasaban
las tardes,
como gigantes contenedores llegados en
barcos de ultramar, y nuestra única
preocupación era llenarlas
de experiencias y de sueños, de las
ocupaciones propias de los críos que
nacimos cerca de
un astillero.
Hubo un tiempo en el que
las horas pasaban cargadas de matices y nosotros, como pequeños
aprendices de pintores, eramos capaces de colorear un lienzo distinto
cada día. Todo era novedad, descubrimiento y aventuras en paisajes
familiares en los que siempre aparecían
tesoros escondidos: una extraña inscripción en los
restos de las barcazas de la fábrica de cerveza; un baúl carcomido
entre las raíces del gran pino caído tras el paso de la borrasca;
extrañas piezas de hierro que
encontrábamos entre las basadas de la
grada del astillero en el que nos colábamos algún que otro fin de
semana.
La memoria es siempre selectiva, una reconstrucción constante de
nuestra vida que nunca es una copia fiel de lo que realmente ocurrió.
Cada vez que recordamos, ponemos en marcha un proceso que añade o
elimina ciertas cosas, dependiendo de nuestro estado de ánimo
actual, de donde pongamos el foco. Hay personas que pasan toda la
vida orillando inconscientemente un recuerdo doloroso o cruel hasta
que de pronto, un día cualquiera, la marea de nuestro pensamientos
deja varada en la arena esa frase o ese rostro cargado de reproches
que nunca quisiéramos haber recordado. Y el pasado vuelve y nos hace
comprender que aquellos tiempos felices y luminosos tenían también
oscuros pozos en los que casi sin darnos cuenta fuimos enterrando la
inocencia y la alegría de nuestra infancia.
Recordamos, a veces, lo más conveniente para justificar nuestro
estado actual. Buscamos siempre explicarnos, comprendernos, y nuestro
pasado es, para bien o para mal, un buen pretexto para no sentirnos
responsables del presente, sobre todo cuando ese presente no es
exactamente lo que hubiésemos querido. Siempre hay un mal profesor
que motive nuestra incapacidad para las matemáticas o una mala
decisión que nos exculpe por no haber arrancado de la vida todo
aquello que nos merecíamos.
Olvidamos para protegernos, para dotar a nuestra vida de un argumento
benévolo y racional que nos permita seguir adelante sin demasiados
remordimientos ni culpas. Las palabras que no debimos pronunciar, las
pequeñas ofensas que no supimos ni quisimos olvidar, los viejos
rencores que a veces parecen aflorar. Miles de matices se van
acumulando en el subsuelo de nuestra memoria de modo que lo que
solemos recordar son pequeños acontecimientos dispersos y casi
irrelevantes en el océano de nuestros días. Y tal vez por eso,
cuando nos reencontramos con algún conocido de la infancia sentimos
que hubo un tiempo en el que todo era más sencillo y más vivo. A
nuestra cabeza acuden siempre los buenos recuerdos, y si tenemos la
suerte de poder compartir unos minutos de conversación es probable
que a nuestra memoria acudan nuevos episodios, restos arqueológicos
que salen a la superficie como un puñado de cerezas que sacamos de
la caja. Aparece un nombre, una anécdota, un amor que habíamos
olvidado. Y sin darnos cuenta, en ese preciso instante estamos
creando un nuevo recuerdo, retorciendo el pasado, endulzando a veces
aquello que en su día fue amargo, o descubriendo, gracias a un matiz
en el que nunca habíamos reparado, que durante demasiados años
hemos arrastrado una culpa que no era nuestra.