Hubo un tiempo en el que la vida era más sencilla y transparente y los días estaban tan repletos que apenas teníamos tiempo para pensar en nada más que no fuese vivir. No había lugar para las dudas o para las inseguridades. Simplemente pasaban las tardes, como gigantes contenedores llegados en barcos de ultramar, y nuestra única preocupación era llenarlas de experiencias y de sueños, de las ocupaciones propias de los críos que nacimos cerca de un astillero.
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